21-09-2006 10:21:35 - Artes y libros - Leido 447 veces
Los girasoles ciegos están desorientados: muchas personas acaban de perder la guerra. Supongo que, en la lógica de la trinchera (no en la nuestra), da igual quién y por qué comenzó el tremebundo horror; es ineludible tomar ese pedazo de pedrusco que algunos solían llamar pan, recordar que las cosas olían de otra manera. Lo demás, importa poco: la valentía del general o la limpieza del uniforme están para ser narrados en los tiempos de paz que taparían el silencio de los cadáveres pasados, pero ya no para los girasoles ciegos: cuatro hombres con los cerebros desollados con la ceguera del topo, encerrados en prisiones de cuerpo y alma, aherrojados por el horror. Alberto Méndez escribió sólo este libro y después se murió, así que cada palabra suena lapidaria casi como en un testamento, como diciendo que no muere quien está ya muerto. Se comieron los girasoles crudos.













