07-05-2006 20:27:13 - Lugares, paisajes - Leido 362 veces
En Cáceres, cuando uno marcha al atardecer por la cuesta del cementerio, a poco que se detenga en la curva que hace de mirador hacia la parte vieja, podrá contemplar cómo los simétricos ventanales del Palacio de Moctezuma concentran la luz ya decadente del sol y reverberan queriéndose de oro. El cristal, más deslumbrante que la propia piedra amarillenta tan típica de las casonas solariegas y los palacios que nos miran mudos. Este es un Palacio espectacular, casi carismático con su cupulita y su brillo. La visión, sepan los foráneos, es extraña y, ante todo, solitaria: unos minutos cada día, este edificio recupera su esplendor hoy gastado, su vida antigua, y vuelven con la luz a la vida los fantasmas: trajinan aquí los criados y allá, relinchan calderos y cuadras, la hija de Moctezuma descansa en el patio y admira los frescos aztecas hasta que el sol abandona el vidrio, y el palacio vuelve a la calma.













