10-01-2006 19:26:48 - Actualidad - Leido 377 veces
Gaspar maldijo el despertador; se levantó para lavarse, afeitarse; se vistió sin prisa; desayunó café. Las cosas naturales que un celador hace para ir presentable a trabajar, rutinas. "26 días más, Gaspar, y luego a vivir de la pensión y los sábados de pesca", se dijo; encendió el contacto del coche. Condujo con calma, el hospital no tiene un horario de cierre y los clientes tienen visos de permanencia, por eso no hace falta iluminarlo como hace una farmacia. Gaspar giró a la derecha; se paró en el semáforo; el trayecto de su vida laboral, podría dibujarlo con las manos atadas a la espalda. Giró a la izquierda, "cómo se portará hoy la de la 311", pasaba por el albergue social. Y, de repente, la niña que cruza sin mirar la calzada, Gaspar que la roza, la niña que cae al suelo, su padre que ve todo, que saca una pistola, que dispara once tiros sin dar tiempo a Gaspar siquiera a bajarse de su coche.













