03-12-2005 20:05:33 - Músicos - Leido 333 veces
En Santiago, Bob Dylan apareció ligero de equipaje. Ni pronunció las fórmulas ya sabidas de rigor para ganarse al público, ni miró el jarrón de flores pochas que imantaba la nostalgia sobre el piano. Le quedan pocas palabras por decir, pero las que ha dicho tumbarían un camión con sólo pronunciarlas. Por ahí dicen que es un poeta (¿exageran?), otros le acusan de teísta en un círculo que mató a Dios, pero todos saben que la historia le pondrá en su sitio, como a todos los ciudadanos distinguidos. A nosotros, lo que nos importa es que a pesar de la distancia y el brusco bascular de los géneros musicales, Dylan, al que uno se imagina un elefante, es en el escenario ese paraguas roto que a fuerza de cariño seguimos sacando a la calle cuando llueve. Para qué va a saludar, ¿para decirnos lo que ya sabemos, que somos iguales pero extraños, que por aquí no se va a casa?













