21-11-2005 19:12:53 - Cine - Leido 387 veces
Algunos largometrajes encierran sólo el fin de pasar el rato. Otros tienen propósitos más estimables, e invitan normalmente al espectador a esforzarse para captar sutilezas estéticas. Casi siempre a posteriori, retornamos a alguna imagen poderosa o sublime. Existe, sin embargo, una tercera categoría de películas, a la que pertenece Memento (Nolan, 2000); son filmes afilados como estiletes que nos obligan a ponernos en guardia frente a un torrente de extrañeza. Recogen las cosas no como ocurren, y desordenan el espacio y el tiempo hasta componer un puzzle que nosotros debemos resolver a base de atención constante y agilidad mental. Memento constituyó una sorpresa en su estreno; de ella llegó a decirse que inauguraba un modo narrativo, que era un jalón para el lenguaje del siglo XXI. No sé si es para tanto; al menos, sí atravesó una frontera del cine.













